- Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de aquel hombre que
- tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le subía a la cabeza, que las ideas se
- mezclaban y confundían, que las nociones morales se deslucían, que los resortes de la
- voluntad se aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia en
- hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba, en alabarle y abrirle el
- arca secreta de los deseos y los gustos, no se arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar,
- gozándose en caer, como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias sociales,
- de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez vetustense que condenaba toda
- vida que no fuese la monótona, sosa y necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la
- Colonia...
- Ana sentía deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no
- como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta, ideal, en propósitos de
- vida santa, en anhelos de abnegación y sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica,
- de otras veces quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos, desabridos,
- infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al dilacerar la voluntad, al vencerla,
- causaba en las entrañas placer, como un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de
- los huesos.
Ken Howard
- «Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a mis pies, en
- este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo decía con los ojos. Se le secaba la
- boca y pasaba la lengua por los labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto
- de la señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras las miradas del
- jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla en que descansaba el pecho fuerte y
- bien torneado de la Regenta.
- Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un gallardo jinete, que
- venía a turbar con las corvetas de su caballo, el silencio triste de un día de marasmo, la
- Regenta no vaciló en creer lo que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría,
- voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes.
- Sus horas de rebelión nunca habían
- sido tan seguidas.
- Desde aquella tarde ningún momento había dejado de pensar lo mismo; que
- era absurdo que la vida pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud,
- que Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de tutor muy
- respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el fondo de su espíritu que era una
- especie de subsuelo, que él no sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor
- llamaba los nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el fondo de su
- ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no tenía que darle cuenta.
- «Amaré, lo
- amaré todo,
- lloraré de amor, soñaré como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo,
- pero el alma la tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no es
- capaz de comprenderlas».
- Dos fragmentos de La Regenta
- Del capítulo I
- Del capítulo XVI
- Leopoldo Alas, Clarín





















