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sábado, enero 24

La Regenta, La obra de la semana

Santiago Rusiñol i Prats
  • Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de aquel hombre que
  • tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le subía a la cabeza, que las ideas se
  • mezclaban y confundían, que las nociones morales se deslucían, que los resortes de la
  • voluntad se aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia en
  • hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba, en alabarle y abrirle el
  • arca secreta de los deseos y los gustos, no se arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar,
  • gozándose en caer, como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias sociales,
  • de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez vetustense que condenaba toda
  • vida que no fuese la monótona, sosa y necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la
  • Colonia...
  • Ana sentía deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no
  • como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta, ideal, en propósitos de
  • vida santa, en anhelos de abnegación y sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica,
Ken Howard
  • de otras veces quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos, desabridos,
  • infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al dilacerar la voluntad, al vencerla,
  • causaba en las entrañas placer, como un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de
  • los huesos.
Ken Howard
  • «Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a mis pies, en
  • este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo decía con los ojos. Se le secaba la
  • boca y pasaba la lengua por los labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto
  • de la señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras las miradas del
  • jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla en que descansaba el pecho fuerte y
  • bien torneado de la Regenta.
  • Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un gallardo jinete, que
  • venía a turbar con las corvetas de su caballo, el silencio triste de un día de marasmo, la
  • Regenta no vaciló en creer lo que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría,
  • voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes.
  • Sus horas de rebelión nunca habían
  • sido tan seguidas.
  • Desde aquella tarde ningún momento había dejado de pensar lo mismo; que
  • era absurdo que la vida pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud,
  • que Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de tutor muy
  • respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el fondo de su espíritu que era una
  • especie de subsuelo, que él no sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor
  • llamaba los nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el fondo de su
  • ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no tenía que darle cuenta.
  • «Amaré, lo
  • amaré todo,
  • lloraré de amor, soñaré como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo,
  • pero el alma la tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no es
  • capaz de comprenderlas».
Vera Rockline
  1. Dos fragmentos de La Regenta
  2. Del capítulo I
  3. Del capítulo XVI
  4. Leopoldo Alas, Clarín

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