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viernes, abril 30

A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro

Daniel Maidman
..
  • Estimados lectores y amigos, si en en la entrada anterior hablábamos del poeta sonorense Abigael Bohórquez y su valentía al hablar en algunos de sus textos del amor entre hombres, sobre todo en una época y un lugar en el que fue censuradísimo, hoy vamos a hablar del amor entre mujeres en la poesía.
  • Pero en esta ocasión poemas escritos por hombres. Dos grandes escritores cantan y modulan alta poesía sin censuras ahora, si en su momento y claman el deseo entre féminas de manera sutil en el caso de Verlaine y más pasional o crudo en lo que respecta a Gonzalo Rojas.
  • Os dejo con dos poemas deliciosos y preciosistas.

Ted Seth Jacobs

Dylan Lisle

Una tenía quince años, la otra dieciséis

Y ambas dormían en la misma pequeña habitación

Esto sucedió una sofocante noche de Septiembre

Quebrantables asuntos! Ojiazules y con mejillas de marfil

Para refrescar sus delicados cuerpos, se despojaron

De las exquisitas camisas perfumadas de ámbar

La más joven levantó sus manos inclinándose hacia atrás

Y su amiga, con sus manos en sus pechos, la besó.

Entonces bajó a sus rodillas, y, en un arrebato

Pegó a la pierna de la otra su mejilla, y su boca

Acarició el dorado oro entre las grises sombras

Y durante todo ese tiempo la mas joven contaba

Con sus queridos dedos los prometidos valses

Y sonrojándose, inocentemente sonreía.

  • Paul Verlaine

  • ----
Ted Seth Jacobs
Soledad Fernández

  • A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro
..
  • Bésense en la boca, lésbicas
  • baudelerianas, árdanse, aliméntense
  • o no por el tacto rubio de los pelos, largo
  • a largo el hueso gozoso, vívanse
  • la una a la otra en la sábana
  • ,perversa,
  • y
  • áureas y serpientes ríanse
  • del vicio en el
  • encantamiento flexible, total
  • está lloviendo peste por todas partes de una costa
  • a otra de la Especie, torrencial
  • el semen ciego en su granizo mortuorio
  • del Este lúgubre
  • al Oeste, a juzgar
  • por el sonido y la furia del
  • espectáculo.
  • Así,
  • equívocas doncellas, húndanse, acéitense
  • locas de alto a bajo, jueguen
  • a eso, ábranse al abismo, ciérrense
  • como dos grandes orquídeas, diástole y sístole
  • de un mismo espejo.
  • De ustedes
  • se dirá que amaron la trizadura.
  • Nadie va a hablar de belleza.

  • Gonzalo Rojas
  • ---
Giampaolo Ghisetti
...
Paul S. Brown ...
Zhong Yang Huang
...
Renzo Verdone
...
Benjamín Domínguez
...
Soledad Fernández ...
Ives Thos ...
Dimitar Voinov Junior ...
Julius LeBlanc Stewart
...
Juan Medina
.
...

sábado, febrero 13

Márgara Sáenz, una poetisa fantasma

Soledad Fernández
  • Imagínense un poema que haga soñar, que revuelva las entrañas, que revuelque las carnes en la parrilla de los desencuentros amorosos, y que sea en palabras de una poetisa guayaquileña.
  • Que este texto, sea alzado como estandarte de la cultura ecuatoriana, de la renovación de sus Letras, de la importancia de la mujer...
Soledad Fernández
  • Vaya, parece que suena, muy bien, pero de repente los orgullosos ecuatorianos empiezan a escuchar rumores que quieren echar por tierra su dulce sueño, esos rumores toman voz propia, provienen de tres poetas peruanos que quieren deshacer un malentendido.
Soledad Fernández
  • Ellos, los tres a una, son los autores de tan extraordinario poema, sólo habían inventado una figura imaginaria para ocultarse en el anonimato, nunca hubieran querido que esta historia llegara tan lejos, y mucho menos molestar a sus hermanos ecuatorianos.
  • No sirven las palabras de los verdaderos creadores, los poetas peruanos: Antonio Cisneros, Mirko Lauer y Abelardo Oquendo.
Soledad Fernández
  • Y he aquí que los hermanos ecuatorianos entienden esta declaración de sinceridad y petición de disculpas como una humillación a su poder creativo y a su historia literaria, siendo así que levantan una estatua a la poderosa poetisa Márgara Sáenz, desentendiéndose de ulteriores explicaciones.
  • Hoy en día, el turista que llega a Guayaquil tiene como una de sus visitas obligadas, el viaje a la Plaza Márgara Sáenz para apreciar el hermoso monumento en mármol y acero que en homenaje a esta poetisa se ha levantado.
Soledad Fernández
  • Bien, el último recurso para deshacer el entuerto es que intervenga el propio gobierno peruano para aclarar la situación.
  • Sin malas intenciones, los auténticos autores del texto, crearon un mito poético, un mito surgido como una tulpa tibetana, sólo querían ocultar sus nombres, en un juego artístico, la casualidad quiso que quisieran atribuirle la nacionalidad ecuatoriana a la inexistente poetisa Márgara Sáenz.
Soledad Fernández
  • No llegó finalmente la sangre al río en este enfrentamiento poético que terminó convertido en pugna política y gubernamental.
  • Hoy en día, tantos son los que afirman indignados la verdadera existencia de la inexistente poetisa.
Philip Geiger
  • En todo caso, el sabroso poema bien mereció tanta polémica, rescató la palabra de las poesías hermanas, geniales ambas..
  • He aquí el poema de la discordia, juzguen ustedes mismos, estimados amigos, si no es una auténtica maravilla, "una perdiz a la crema" diría Girondo, una deliciosa joya Hispanoamericana digo yo:
Soledad Fernández

Otra vez Amarilis

El tiempo ha pasado y vuelves a mi memoria.

Tu auto trepando hacia la sierra, la Cream-Rica ¿recuerdas?, volteando a la derecha, todos esos moteles.

Entonces éramos nosotros; no tú, no yo. Me quiérote, te gózame, me amándonos, decíamos.

¿A quién llevas ahora? Contigo entre las piernas ¿quién pega de alaridos y triza los espejos donde nos repetíamos bestiales y dulcísimos?

¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano? Di qué frívola puta, qué sórdida hipócrita limeña, qué casada cuidadosa del cornudo.

Hijo de perra, ¿lo haces? Pero allí no, nunca, con nadie vuelvas a la habitación 35. Que se te muera para siempre, que se te pudra si regresas.

Una vez dije allí no ¿recuerdas?, dije después donde quieras. Tú me observabas igual que un entomólogo, eras un médico lascivo examinando una muchacha muerta de amor: no hables, eres una muñeca, un cuerpo sin voluntad, y me tocabas probándome y fui un durazno de esos que se abren con la mano.

Un durazno, dijiste a mis espaldas, a la luz de la tarde, separando con suavidad mis carnes, descubriendo lo que ni yo conozco, mi zona más oscura, la que guarda esa caricia atroz, obscena y tuya que no olvido.

Júralo: no has de volver a esa cama con nadie. Me has negado tu cuerpo, el que gustaba mirar impúdico y erecto viniendo a mí, el tuyo que era el mío. Concédeme esto entonces: anda a otro sitio a hacer tus porquerías.

O vuelve a la habitación 35. El tiempo ha pasado, ya no hay sino recuerdos y Amarilis qué puede sino juntar palabras. Ahora somos tú y yo, no existe más nosotros. Uno y uno, dos solos: yo y esa mierda que tú soy y yo añoras, desgraciado.
Soledad Fernández
-- Página web de la pintora: Soledad Fernández * --

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