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domingo, junio 21

Todo vivir es un incesante, original preferir y desdeñar

Odilon Redon, El pensamiento

Antes que veamos lo que nos rodea somos ya un haz original de apetitos, de afanes y de ilusiones.

Venimos al mundo, desde luego, dotados de un sistema de preferencias y desdenes, más o menos coincidentes con el prójimo, que cada cual lleva dentro de sí armado y pronto a disparar en pro o en contra de cada cosa como una batería de simpatías y repulsiones.

Kálmán Gáborjáni Szabó

El corazón, máquina incansable de preferir y desdeñar, es el soporte de nuestra personalidad.

No se diga, pues, que es lo primero la impresión.

Tiziano Vecellio di Gregorio

Nada importa más para renovar la idea de lo que es el hombre como rectificar la perspectiva tradicional según la cual, si deseamos una cosa, es porque antes la hemos visto.

Esto parece evidente y, sin embargo, es en gran parte un error.

El que desea la riqueza material no ha esperado para desearla ver el oro, sino que, desde luego, la buscará dondequiera que sea halle, atendiendo al lado de negocio que cada situación lleva en sí.

Mariano de Cossío

En cambio, el temperamento artista, el hombre de preferencias estéticas atravesará esas mismas situaciones ciego para su lado económico y prestará atención, o mejor dicho, buscará por anticipado lo que en ellas resida de gracia y de belleza.

Botticelli

Hay, pues, que invertir la creencia tradicional.

No deseamos una cosa porque la hayamos visto antes, sino al revés: porque ya en nuestro fondo preferíamos aquel género de cosas, las vamos buscando con nuestros sentidos por el mundo.

Harmennsz van Rijn Rembrandt

De los ruidos que en cada instante llegan a nosotros y materialmente podríamos oír, solo oímos, en efecto, aquellos a que atendemos; es decir, aquellos que favorecemos con el subrayado de nuestra atención, y como no se puede atender una cosa sin desatender otras, al escuchar un son que nos interesa desoímos enérgicamente todos los demás.

Orazio Lomi

Todo ver es un mirar, todo oír es a la postre un escuchar, todo vivir un incesante, original preferir y desdeñar. (...)

José Ortega y Gasset

1883-1955

Ken Howard

sábado, enero 24

La Regenta, La obra de la semana

Santiago Rusiñol i Prats
  • Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de aquel hombre que
  • tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le subía a la cabeza, que las ideas se
  • mezclaban y confundían, que las nociones morales se deslucían, que los resortes de la
  • voluntad se aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia en
  • hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba, en alabarle y abrirle el
  • arca secreta de los deseos y los gustos, no se arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar,
  • gozándose en caer, como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias sociales,
  • de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez vetustense que condenaba toda
  • vida que no fuese la monótona, sosa y necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la
  • Colonia...
  • Ana sentía deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no
  • como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta, ideal, en propósitos de
  • vida santa, en anhelos de abnegación y sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica,
Ken Howard
  • de otras veces quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos, desabridos,
  • infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al dilacerar la voluntad, al vencerla,
  • causaba en las entrañas placer, como un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de
  • los huesos.
Ken Howard
  • «Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a mis pies, en
  • este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo decía con los ojos. Se le secaba la
  • boca y pasaba la lengua por los labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto
  • de la señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras las miradas del
  • jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla en que descansaba el pecho fuerte y
  • bien torneado de la Regenta.
  • Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un gallardo jinete, que
  • venía a turbar con las corvetas de su caballo, el silencio triste de un día de marasmo, la
  • Regenta no vaciló en creer lo que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría,
  • voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes.
  • Sus horas de rebelión nunca habían
  • sido tan seguidas.
  • Desde aquella tarde ningún momento había dejado de pensar lo mismo; que
  • era absurdo que la vida pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud,
  • que Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de tutor muy
  • respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el fondo de su espíritu que era una
  • especie de subsuelo, que él no sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor
  • llamaba los nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el fondo de su
  • ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no tenía que darle cuenta.
  • «Amaré, lo
  • amaré todo,
  • lloraré de amor, soñaré como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo,
  • pero el alma la tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no es
  • capaz de comprenderlas».
Vera Rockline
  1. Dos fragmentos de La Regenta
  2. Del capítulo I
  3. Del capítulo XVI
  4. Leopoldo Alas, Clarín

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